La experiencia del Diacono Ramón en Puerto Rico

December 29, 2017

 

        Las noticias eran extravagantes sobre el huracán María y la devastación de Puerto Rico, sin embargo mis sentimientos cambiaron cuando vi la devastación y mucho más cuando la sentí en mi propia carne. Ahí fue cuando pude comprender mi llamado a dejarlo todo atrás para servir a los necesitados, y dejar que Dios trabajara por medio de mí, a ser los pies, las manos, la boca, los oídos, los ojos de Dios y compartir su compasión con aquellos que más lo necesitaban.

      Solo visite algunos barrios remotos de 5 pueblos de un total de 74 y que tiene la isla. Si quiere uno ver la desgracia que sufrió la isla, hay que irse a las áreas remotas, donde difícilmente puede entrar un auto, donde el agua potable no sube, donde la electricidad es un lujo, donde las vías de comunicación ya no existen. El celular funciona solo en algunos lugares y cuando menos se lo espera uno se desconecta la llamada. Ya no se juega con el celular ni con el internet, ni se chatea, y muy poco se ve el Facebook, sino que se juega con juegos de mesa e improvisados. No se tiene el lujo de tomar el carro para ir de compras, sino que se camina o se espera que alguien tenga compasión y le traiga algo de comer o beber.

      En 40 días pude ver miles de casas sin techo y con gente viviendo en ellas. Casas totalmente destruidas, incluso 3 casas arrastradas por el océano, derrumbes, casas hundidas, casas que habían sido llenadas hasta 8 y 10 pies de lodo, gente sin que comer y beber, y su única posesión era la ropa que tenían puesta. Muchas veces tuve que contenerme de llorar para poder dar esperanza a personas que lo habían perdido todo. Encontré gente de todas edades y religiones, y oré con ellos. Vi la compasión de Dios al en gente que me daban fortaleza con sus palabras. El caso más joven fue un niño de 11 días de nacido y que su mama lo estaba cubriendo para que no se mojara ya que su casa no tenía techo. El caso mayor fue una señora de 104 años de edad, fuerte, caminando por la montaña y agradecida de Dios por tenerla con vida.

      Podría escribir un libro, pero el espacio en el boletín es limitado, por eso me limito a decir que todos podemos hacer una diferencia y gracias por las oraciones, por su apoyo financiero y por poner la confianza en mí para llevarlo. Con su dinero se repartieron cientos de toallas, almohadas, ropa de cama, comida especial para los enfermos, papel sanitario, papel toalla, linternas, baterías, pilas, cajas de agua y más.

 

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