Carta del Párroco

August 25, 2017

        ‘Jesús le dijo entonces: “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto no te lo ha revelado ningún hombre, sino mi Padre, que está en los cielos! Y yo te digo a ti que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…”’ En el evangelio de hoy de Mateo, Jesús reconoce que el Padre está en comunicación con Simón Pedro. Él es un canal pare revelar quién es realmente Jesús. Y Jesús le da autoridad a Pedro para guiar a la Iglesia. ¿Fue eso suficiente para que Pedro no fallara? ¡Por supuesto que no! Diez capítulos después en evangelio de Mateo, se nos dice que el mismo Pedro niega que conoce a Jesús en la casa del sumo sacerdote. Jesús sabía que Pedro iba a fallar, pero no lo detuvo de darle las llaves del reino de los cielos.

       Cada domingo proclamamos nuestra fe con el Credo y decimos que creemos en una Iglesia que es santa. Pero ¿por qué decimos que nuestra Iglesia es santa si sus miembros somos pecadores? Porque su fundador y cabeza, Jesucristo, es santo. Nosotros estamos en el camino hacia la santidad, pero seguimos siendo pecadores, así dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “Todos los miembros de la Iglesia, incluso sus ministros, deben reconocerse pecadores. En todos, la cizaña del pecado todavía se encuentra mezclada con la buena semilla del Evangelio hasta el fin de los tiempos.” (CIC 827). Esta no es una excusa para pecar, pero tenemos que reconocer nuestra naturaleza pecadora.  Necesitamos comportarnos siempre como discípulos de Jesús, pero fallamos, cometemos errores, como Pedro lo hizo.

          Todos los santos reconocieron su naturaleza pecadora y fue el primer paso para llegar a la santidad. No confiaron solamente en sus habilidades y dones personales, sin o en la gracia de Dios, para poder andar en el camino de la santidad. Como dice san Pablo: “por eso me complazco en mis debilidades, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte.” (1Cor 12:10). La gracia de Dios nos da lo que necesitamos para caminar siempre irreprochables en su camino, pero cuando fallamos, siempre nos recibe porque su amor es más grande que nuestras fallas.

      Todos los miembros de la Iglesia somos humanos, hasta los obispos, sacerdotes y diáconos. Desafortunadamente como líderes de la iglesia, cuando cometemos errores puede que lastimemos a otros miembros de la iglesia. No pongan su fe y confianza total en otros seres humanos, sin importar que tan buenos o santos sean. Si lo hacen, se decepcionarán.

         Yo trato siempre de andar en el camino de la santidad. A través de mi oración personal y la celebración de los sacramentos, especialmente la Santa Eucaristía, le pido al Señor que me de sabiduría y fortaleza para siempre hacer lo correcto, en mi vida personal y en mis responsabilidades como párroco de Santísimo Sacramento. Pero a veces mi debilidad, mis imperfecciones se hacen muy presentes. Estoy muy lejos de ser santo o perfecto, como el Padre celestial es perfecto, pero, aunque tengo amistades, familiares y feligreses que oran mucho por mí, sigue siendo difícil tomar las decisiones correctas. De cualquier manera, no me desanimo porque si Simón Pedro cometió errores, y aun así sigue con las llaves del reino de los cielos, hay esperanza para todos, si ponemos nuestra confianza en el Señor.

       Hermanos y hermanas, no nos rindamos, aunque nos cueste estar en el camino del Señor. Él siempre nos espera, no importa cuántas veces fallen, sigan intentándolo. Esto es lo que quiere de nosotros, que lo intentemos.

 

Su hermano en Cristo,

P. Ismael

 

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